Con la llegada de la Navidad, muchas familias se enfrentan al dilema de cuántos regalos regalar. Sin embargo, lo que parece ser un acto de generosidad puede tener un efecto dominó en el desarrollo emocional de los menores, conocido como «insensibilización al deseo».
Este es un síndrome que describe cómo la exposición excesiva a estímulos gratificantes, como obsequios constantes o recompensas inmediatas, reduce la sensibilidad del sistema de recompensa de un niño. Así lo explica María José García Rubio, catedrática de psicología y máster en neuropsicología clínica de VIU y copresidenta de VIUNED.
A nivel neurobiológico, la avalancha de regalos tiene un impacto directo. Según Rubio, existe un «pico dopaminérgico intenso» asociado a la novedad a corto plazo. Sin embargo, si hay demasiados o demasiados regalos, el cerebro deja de percibirlos como algo especial.
«El sistema dopaminérgico se adapta y la respuesta de placer se debilita: el mecanismo de recompensa se ‘satura’ y deja de responder de forma saludable a la novedad», afirma el experto del VIU. «La consecuencia inmediata es que el deseo pierde su función como motor de motivación y se convierte en una ‘búsqueda constante de más estimulación’, pero con menos capacidad de verdadero placer».
Para ayudar a los padres a determinar si sus hijos padecen esta «desensibilización», María José García Rubio detalla los cinco signos más evidentes:
- Pérdida rápida de interés: Los juguetes o actividades nuevos se abandonan rápidamente.
- Baja tolerancia a la frustración: El niño se irrita fácilmente cuando algo no es inmediato.
- Demandas crecientes de novedad: Actúan como si nada fuera suficiente.
- Confundir deseo con derecho: Creen que pedir equivale automáticamente a merecer.
- Valor emocional reducido: Los objetos se vuelven intercambiables y carecen de significado.
«Cuando la experiencia repetida es: ‘Quiero, entonces tengo’, el niño no practica procesos básicos como retrasar la gratificación o la perseverancia», advierte el experto del VIU. «Esto no sólo afecta a la convivencia en el hogar, sino que también repercute directamente en su rendimiento académico, porque estudiar requiere capacidad de esfuerzo, que no se ejercita».
El cerebro aprende mediante la repetición y, si no hay tiempo para esperar, la frustración parece insoportable. Además, este exceso puede alterar el desarrollo social, fomentando una menor empatía hacia quienes no la tienen y reforzando una visión del mundo centrada en “tener” en lugar de “relacionarse”.
Ante esta situación, el docente de VIU no propone prohibir los regalos, sino aplicar la regla de oro del consumo consciente: Menos es más cuando va acompañado de significado. Rubio sugiere que todo regalo cumple tres criterios claros: significado, utilidad y proporción.
«No se trata de prohibir, sino de conseguir que cada regalo tenga una finalidad auténtica y que el niño pueda disfrutarlo plenamente sin «insensibilizarse» ante la abundancia», explica.
Del mismo modo, la neurociencia recomienda valorar las experiencias compartidas (tiempo de calidad, actividades al aire libre o actividades culturales) por encima de los elementos materiales. Estas experiencias activan redes cerebrales asociadas a las conexiones sociales y la autorregulación, mucho más estables que los circuitos dopaminérgicos asociados a la novedad material.
“Dar menos no significa querer menos”, concluye María José García Rubio. “La medida adecuada es la que educa, acompaña y construye memorias significativas”.
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